
Eran pasaditas las cinco de la tarde un sábado caluroso de mayo cuando el corredor de mi tía en Barrio Abajo dejó de ser un simple rincón de cemento para volverse un escenario de ámbar. El sol bajaba sobre los techos de zinc y la luz entraba de lado, espesa, cargada de ese polvo en suspensión que solo se ve cuando el aire de Barranquilla decide quedarse quieto un ratico. Yo tenía la Canon en la mano, esa que le compré a mi primo en marzo del 2025, y sentí que por fin entendía por qué la gente se vuelve loca con la hora dorada.
Una nota antes de seguir bajando: en este diario casi todos los enlaces a cursos o materiales que menciono son enlaces de afiliada de Hotmart. Si compras algo desde acá, una comisioncita le llega a Semblara y a ti el precio te queda igualito. Por aquí solo aparecen cursos que abrí de verdad, como el de Fotografía de Retrato con Luz Natural, módulos que vi una sola vez y cerré la pestaña, o materiales que pasaron por mi cámara prestada al menos un sábado. Si no aclaro lo contrario, da por hecho que el enlace es de afiliada.
El ritual del sábado y la luz que se ablanda

Mi ritual de los sábados es casi sagrado. Primero me tomo un agua de panela bien fría para bajarle la temperatura al cuerpo después de una semana respondiendo DMs en la pyme donde trabajo. Luego, agarro el bolso de la cámara y camino hasta la casa de mi tía. Ella ya sabe a qué voy. Se sienta en su mecedora, me mira de reojo y espera a que yo empiece a pelear con los botones. Ese sábado de mayo, el calor todavía irradiaba de la pared de cemento, y el olor a café recién colado se mezclaba con la humedad del ambiente mientras yo esperaba que el sol bajara un poco más.
Lo que me gusta de la hora dorada no es solo el color, sino cómo cambia la textura de las cosas. Técnicamente, este fenómeno empieza cuando el sol está a unos 6 grados sobre el horizonte. A esa altura, la luz tiene que atravesar una capa más gruesa de la atmósfera, lo que dispersa las longitudes de onda azules y nos deja con esos tonos cálidos que rondan los 3000 Kelvin. En mi cámara, que tiene un sensor APS-C de 22.3 x 14.9 mm, esa luz se siente como un bálsamo que disimula cualquier ruido digital que pueda tener el equipo usado.
A mediados de julio, intenté capturar esa misma sensación pero con un enfoque distinto. Estaba cansada de las fotos que parecían postales perfectas de Instagram. Quería algo que doliera un poquito, algo que se sintiera como un recuerdo viejo. Ahí fue cuando empecé a jugar con el concepto de la nostalgia cruda, ignorando a veces los consejos que veía en los vídeos de YouTube sobre buscar siempre la luz más suave posible.
La lucha contra el destello y el ángulo de la nostalgia

Uno de los mayores retos cuando disparas hacia el atardecer es el contraluz. A veces el lente se llena de destellos que te lavan la imagen por completo. Al principio me frustraba, sentía que estaba dañando la foto porque el foco no quedaba perfecto. Pero después de pausar un módulo del curso de Fotografía de Retrato con Luz Natural para probarlo en el patio, entendí que la nostalgia no es falta de foco, sino saber dónde cae la luz y qué decides esconder en las sombras.
Recuerdo que ese día en julio sentí un ligero calambre en el pulgar derecho por sostener el cuerpo pesado de la Canon mientras buscaba el ángulo exacto. Estaba tratando de que el sol pegara justo en el borde del pelo de mi tía, creando un halo, pero sin que la luz entrara directo al sensor y me quemara la cara. Es una danza milimétrica. Si te mueves un centímetro a la izquierda, pierdes el brillo; si te mueves a la derecha, la cara se vuelve una mancha naranja.
Para quienes están empezando, a veces es útil revisar si el equipo está en condiciones, sobre todo si es de segunda mano. Yo misma tuve que aprender cómo identificar manchas en el sensor de una cámara réflex de segunda mano porque al principio pensaba que los puntos en el cielo del atardecer eran pájaros y resultaba ser mugre acumulada. Una vez que tienes el equipo limpio, la luz hace el resto del trabajo por ti, siempre y cuando no te dejes cegar por el entusiasmo.
Mi truco contracorriente: disparar antes del momento perfecto

Aquí es donde me pongo un poco rebelde con lo que dicen los manuales. La mayoría de la gente te dice que esperes al final, cuando el sol casi ha desaparecido, para tener esa luz de seda. Pero yo he descubierto que para un estilo nostálgico de verdad, prefiero disparar justo antes de la hora dorada oficial. Es ese momento donde el contraste todavía es alto y las sombras son profundas y duras. Crea una atmósfera mucho más real, menos de catálogo de muebles y más de diario personal.
Esas sombras largas que se proyectan en el corredor de Barrio Abajo, cruzando las baldosas viejas, le dan un peso a la imagen que la luz suave no logra. Hace un par de semanas, al final de la tarde, me dio por probar esto con mi tía. No busqué la sombra total, pero sí permití que la mitad de su rostro quedara en penumbra. Fue ahí cuando vi cómo se le ablandaba la mandíbula. Le pedí: "tía, mírame un momentico, así, sin sonreír". Y pum. Ahí estaba la foto.
Para manejar esos contrastes fuertes sin que la piel parezca quemada, a veces aplico algunos trucos para evitar sombras duras en retratos bajo el sol del Caribe, aunque en este caso buscaba precisamente esa tensión. La nostalgia se alimenta de lo que no se ve del todo, de los rincones oscuros que el espectador tiene que rellenar con su propia memoria. No todo tiene que estar perfectamente iluminado para ser una tremenda foto.
La paciencia del retrato y el clic del corazón

Al final, todo se resume a la paciencia. La hora dorada es corta, apenas unos veinte o treinta minutos de luz útil antes de que el sol se esconda del todo detrás de los edificios de la ciudad. Pero lo que aprendes fallando en esos pocos minutos se queda guardado. He pasado tardes enteras donde no saco ni una sola foto que me guste, donde el balance de blancos se me va a los azules o donde el encuadre simplemente no cuajó porque me apuré demasiado.
Me gusta mucho cómo mi tía se ha acostumbrado a mi presencia con la cámara. Al principio se ponía tiesa, pero ahora simplemente sigue con lo suyo, quizás pensando en qué va a hacer de cena. Esa naturalidad es la que trato de capturar. A veces uso mis trucos para capturar gestos espontáneos en retratos caseros sin posar, como preguntarle por algo de su infancia justo antes de disparar. El cambio en su mirada cuando recuerda algo de hace cuarenta años, combinado con la luz de los 3000 Kelvin, es lo que crea ese estilo nostálgico que tanto busco.
Si sientes que te falta técnica base para entender estos conceptos de temperatura de color o manejo de sensor, hay opciones asequibles. Yo sigo haciendo el curso de Fotografía Profesional a mi ritmo, saltándome los módulos que me parecen muy técnicos y volviendo a los de iluminación cuando el sol de las cinco me gana la batalla. No busco ser profesional, solo quiero que la próxima vez que el sol bañe el corredor, yo esté lista para atrapar ese pedacito de tiempo antes de que se vuelva noche.
La hora dorada se va rápido, pero las fotos quedan ahí, recordándote que el mundo se ve un poquito más bonito cuando te detienes a mirarlo a través de un lente viejo. Si tienes una cámara guardada o te prestaron una, sácala un sábado. No necesitas una modelo profesional, solo a alguien que te quiera lo suficiente como para aguantarte el flash y el calor mientras encuentras la luz. Al final, lo que importa es que te guste a ti, y que cuando mires la foto meses después, puedas sentir otra vez el olor al café de la tía y el calorcito del sol en la nuca.