
Una tarde de lluvia pesada en Barranquilla, de esas donde el cielo se pone gris plomo y el aire se siente tan espeso que parece que pudieras masticarlo, abrí el maletín de mi Canon y sentí ese olor. No era olor a podrido, sino a guardado, a rincón olvidado que no ha visto el sol en años. Me dio un vuelco al corazón porque esa cámara, aunque sea usada y me la haya vendido mi primo a plazos, es lo más valioso que tengo después de mi celular del trabajo. Me quedé un segundo con la tapa abierta, mirando el cuerpo de la cámara, rogando que fuera solo una impresión mía por el encierro del cuarto.
Vivir en Barrio Abajo tiene su encanto por las fachadas de colores y la brisa que entra por el corredor de mi tía, pero para la tecnología es una lucha constante. Aquí la humedad relativa promedio ronda el 80%, una cifra que para cualquier lente fotográfico es casi como una sentencia de muerte si uno se descuida. Yo, que me paso la semana respondiendo DMs para la pyme de artesanías, solo tengo los sábados para ser 'fotógrafa', y a veces, entre tanto ajetreo, se me olvida que el equipo respira el mismo aire pesado que yo.
El susto microscópico bajo la luz del corredor
Todo empezó un par de semanas después de que las lluvias se instalaran en la ciudad. Me llevé la cámara a casa de mi tía para ensayar unos retratos de perfil. Ella se sentó en su mecedora de siempre, esa de mimbre que cruje con cada movimiento, y cuando fui a limpiar el lente de 50mm para empezar, noté algo que no era mugre por fuera. Eran unos hilos microscópicos blancos, como una telaraña muy fina, justo dentro del cristal. No se quitaban con el paño. Sentí un sudor frío en las manos, un frío que no tenía nada que ver con la brisa de la tarde, mientras miraba ese patrón ramificado bajo la luz que entraba por el portón.

En ese momento, mi mente empezó a correr más rápido que un obturador. Sabía que eso era moho. Los hongos en los lentes son como pequeños parásitos que se alimentan de los recubrimientos orgánicos de los cristales ópticos. Si los dejas, se extienden hasta que la foto sale como si estuvieras disparando a través de una nube de leche. Mi primer pensamiento, casi automático, fue un monólogo interno de pura angustia: estaba calculando mentalmente cuántos meses de responder DMs me costaría pagar una limpieza técnica profesional si el hongo llegaba a pasar del lente al sensor de la cámara. Sería medio sueldo de community manager tirado a la basura por un descuido.
Por qué el arroz no es la solución y el peligro de las cajas selladas
Lo primero que hace uno es buscar en Google o acordarse de lo que dicen las abuelas: 'Mete eso en arroz, Juliana, que eso chupa todo'. Error. Aprendí por las malas, leyendo en foros y pausando un módulo de mantenimiento en uno de mis cursos de Hotmart, que el arroz suelta un polvo almidonado que puede ser peor para los mecanismos internos de la cámara que la misma humedad. El arroz es para el almuerzo, no para una Canon de segunda mano que todavía estoy pagando.
Pero el error más grande que cometí fue el de la 'trampa hermética'. Pensé que si metía la cámara en una bolsa plástica tipo Ziploc y la cerraba bien, la protegía. Tremenda equivocación. Resulta que el sellado total sin ventilación frecuente atrapa la humedad residual que ya tiene el aire adentro y, con el calorcito de Barranquilla, crea un invernadero perfecto para que las esporas hagan fiesta. Es el ángulo que nadie te dice: si vas a guardar tu equipo en una caja o bolsa, tienes que abrirla, moverla y dejar que el aire circule, porque el estancamiento es el mejor amigo del hongo.

Hay un número que se me quedó grabado en la cabeza: el moho necesita una humedad superior al 60% para empezar a crecer de forma descontrolada. Teniendo en cuenta que aquí estamos al 80%, básicamente estamos viviendo dentro de una incubadora de hongos. Por eso, el rango ideal de almacenamiento para equipos fotográficos está entre el 35% y el 45%. Bajar de ahí tampoco es bueno porque se pueden secar los lubricantes internos, pero mantenerse en ese dulce punto medio es lo que salva tu inversión.
Mi ritual de los sábados: Gel de sílice y un poco de sol
Después del susto, establecí un ritual que no me salto ni porque me llegue una crisis de comentarios en la página de las artesanías. Conseguí gel de sílice naranja, que es una maravilla porque tiene un indicador de color. Cuando el gel está seco y listo para absorber, es de un naranja encendido; cuando ya se saturó de humedad y no puede más, se pone verde oscuro. Es como un semáforo que me avisa cuándo tengo que meter las bolitas al horno o cambiarlas para que sigan haciendo su trabajo.
A finales de agosto, empecé a guardar todo en una caja plástica transparente (de esas de organizar ropa), pero con una modificación: no la sello al vacío. Le dejo un margen de respiro y cada dos días la abro un ratico. Además, aprendí que la luz ultravioleta es un veneno para las esporas. Así que, una mañana de mucha brisa, antes de que el sol de mediodía se ponga insoportable, saco los lentes (sin las tapas) y los dejo un ratico cerca de la ventana, donde reciban claridad natural pero no el rayo directo que pueda recalentar el sensor o derretir algún pegamento.

Este cuidado me ha dado una paz mental increíble. Ya no saco la cámara con miedo de encontrarme una selva blanca dentro del lente. Me permite concentrarme en lo que de verdad me gusta, que es ver cómo se le ablanda la mandíbula a mi tía cuando le pido que me mire un momentico sin sonreír. Esos momentos de conexión son los que valen la pena, y para lograrlos necesito que mi equipo responda. A veces, mientras ajusto los parámetros, pienso en cómo lograr resultados de fotografía profesional en retratos hechos en casa sin tener que gastar una fortuna, y la respuesta siempre empieza por cuidar lo que ya tienes.
Limpieza preventiva después de cada salida
Otro hábito que adopté es la limpieza post-sesión. Barranquilla no solo es humedad, es salitre y polvo de construcción. Si salgo a caminar por Barrio Abajo, la cámara llega con una capa invisible de todo eso. Antes de guardarla en su caja con el gel de sílice, le paso una perilla de aire (un soplador) para quitar cualquier partícula. Nunca le soplo con la boca porque el aliento humano tiene humedad y bacterias, y lo que menos quiero es sembrar yo misma el hongo que estoy tratando de evitar.
Uso un paño de microfibra limpio, pero solo para el cuerpo de la cámara. Para los cristales del lente, soy mucho más delicada. Si veo que hay una mancha de grasa (un dedo que se me escapó), uso un líquido especial para óptica, pero apenas una gota en el papel de limpieza, nunca directo al lente. Es una rutina pausada, casi terapéutica, que hago los domingos mientras me tomo algo frío y reviso lo que logré capturar el día anterior.

Al final del día, ser aficionada a la fotografía en un clima tropical es un ejercicio de paciencia y disciplina. No se trata de tener el maletín más caro, sino de entender cómo el entorno afecta a tus herramientas. Mi Canon usada sigue dando guerra, y esos hilos blancos que vi al principio no pasaron a mayores porque los agarré a tiempo y cambié mi forma de guardar las cosas.
Ahora, cuando guardo el equipo, sé que el gel de sílice está ahí haciendo su trabajo silencioso. Me gusta pensar que mi cámara está descansando en su pequeño spa seco, preparándose para el próximo sábado de retratos en el corredor. Porque al final, lo que uno busca no es solo una imagen técnica perfecta, sino tener la seguridad de que, cuando la luz se ponga bonita y mi tía se siente en su mecedora, la cámara va a estar tan lista como yo para congelar ese momento sin que ninguna telaraña microscópica se interponga en el camino.

Si vives en un lugar donde el aire se siente como una manta mojada, no esperes a ver el moho para actuar. Compra tu gel, busca una caja que respire un poco y no confíes ciegamente en el sellado total. Tu equipo te lo va a agradecer con fotos nítidas y muchos años de servicio, permitiéndote capturar la esencia de tu gente sin el miedo constante a que el clima se coma tus recuerdos.