
Dos mecedoras verdes hay en el corredor de mi tía, pintadas por ella misma hace ya rato, y en la mayoría de mis retratos verticales solo cabe una. Ese detalle me hizo caer en cuenta de algo que nadie me advirtió cuando empecé a fotografiar a la gente que quiero: que el encuadre vertical no es la respuesta automática para todo retrato aficionado, aunque mi trabajo de community manager me tenga programada para pensar así. Paso el día armando contenido angosto para los Reels de la pyme, y esa costumbre se me mete en la mano los sábados, aunque la relación de aspecto de mi cámara sea bien distinta a la de un celular. La composición de un retrato no se decide por la forma de la pantalla. Se decide por lo que quieres que la foto cuente.
El mito del encuadre vertical en el retrato aficionado
La creencia más repetida en cualquier tutorial suelto de YouTube es esta: el retrato va vertical porque así miramos a una persona, de pies a cabeza, y el horizontal se queda para los paisajes. La creí durante buena parte de mis sábados en Barrio Abajo, hasta que la pregunta que de verdad sirve dejó de ser cómo se ve mejor en la pantalla del celular y pasó a ser qué necesita caber en la foto. Si lo que quiero contar cabe entero en la cara de la persona —el gesto, la mirada, nada más—, giro la cámara. Si lo que quiero contar es también el lugar donde está sentada, lo que la rodea, el peso de esa tarde, la dejo acostada. Esa es la única regla que me ha servido, y no la aprendí en ningún módulo de Hotmart.

Seguramente la costumbre viene de mi trabajo. Programo historias y Reels todo el día, siempre en el formato angosto, y esa costumbre se me mete en la muñeca antes de pensar. Por eso el primer sábado que probé lo contrario con tía Esperanza, dejando la cámara acostada aunque todo en mí pedía girarla, me sentí rara, como si estuviera haciendo trampa.
¿Qué historia quieres que quepa en el encuadre?
Hubo un sábado en que quise resolver la duda a la fuerza: senté a mi tía de frente, mirando directo al corredor, justo cuando el sol de las dos de la tarde pegaba de lleno contra la pared encalada, con ese calor pegajoso que te hace sentir la humedad hasta en el visor de la cámara. Pensé que la luz dura me iba a dar un retrato fuerte, de esos que se ven serios. Lo que me devolvió la pantalla fue otra cosa: la cara quemada, sin ningún detalle en la frente, la pared de atrás convertida en una mancha blanca sin textura. Ni vertical ni horizontal salvan una sesión cuando la luz ya decidió por ti.

Lo que sí me sirvió fue revisar el histograma esa misma tarde, ya adentro de la casa, antes de borrar las fotos de la vergüenza. Ahí noté que no estaba leyendo bien la pantalla bajo el sol directo: la pared color crema del corredor debía quedar como un tono medio, no aplastada contra el borde derecho de la gráfica como blanco puro. Esa tarde corrí la mecedora hacia la sombra que entra por el vano del patio y probé otra vez, esta vez en horizontal, dejando que el corredor completo entrara en la toma. Ahí mi tía se veía más chiquita en medio de todo ese espacio. Entendí que el horizontal no es solo para paisajes, es para cuando el lugar pesa tanto como la persona que lo habita.
El vertical deja afuera más de lo que creía
Mi vecina Yolima Torregroza fue quien me hizo caer en cuenta de esto. Un sábado la vi sentada en el umbral de su puerta, le pedí permiso para fotografiarla, y desde entonces es la segunda persona que se sienta en el corredor de mi tía. Yolima tiene un humor seco que no se deja atrapar fácil en un encuadre quieto: suelta el chiste y ya se le fue la mueca antes de que yo dispare. En vertical, encerrada solo su cara, esas fotos salían planas, como si le faltara el remate del chiste. Fue al dejarla entrar completa en el horizontal, con las manos todavía gesticulando hacia la mecedora vacía de al lado, que la foto por fin sonaba como ella.

La única lente que tengo es un 50mm fijo que no se mueve ni un milímetro, así que la que camina soy yo, de un lado al otro del corredor, buscando el ángulo antes de que a Yolima se le escape la risa. Es la misma Canon de segunda que me vendió mi primo, y aunque hay módulos enteros de Hotmart dedicados a explicar cómo elegir lente para retrato, el que vi completo un miércoles ya ni me acuerdo cómo se llamaba la semana siguiente. Lo que sí quedó fue el hábito de moverme en vez de quedarme esperando a que la persona pose quieta.
Dejar que el corredor pese tanto como la cara
Con Aidé Verbel, la vecina de mi tía que ya se ha sentado tres veces en ese corredor, probé algo que la regla de los tercios prohíbe sin decirlo: poner a la persona justo en el centro del encuadre horizontal, en lugar de correrla hacia esos puntos de intersección. Aidé, como siempre, preguntó antes de ver la foto si había salido bien. Esta vez el resultado no fue la típica foto de perfil para redes. Fue algo más pesado, casi incómodo de mirar, con todo ese espacio vacío a los dos lados pesando como el tiempo que ella lleva viviendo en ese mismo barrio.

Para que las manos de Aidé no quedaran perdidas en todo ese espacio horizontal, recurrí a unos consejos para posar las manos en retratos y evitar poses forzadas que había anotado de otra tarde de práctica, y funcionaron: el peso de la foto no estaba solo en la cara, sino en cómo las manos descansaban sobre la falda, quietas, sin pedir permiso. Jugué también con cómo usar la dirección de la mirada dentro de ese centro vacío: si Aidé miraba hacia la derecha, donde no había nada, la foto dejaba de ser una señora sentada y pasaba a ser una señora que espera algo que todavía no llega.
Antes de disparar, me hago esta pregunta
El ventilador de techo del corredor gira despacio todas las tardes, y ese sonido parejo entre un disparo y el siguiente se volvió la señal de que ya tenía que decidir, no seguir dudando con la cámara en la mano. Ahora, antes de disparar, me hago una sola pregunta: lo que quiero contar, ¿cabe entero en la cara de la persona, o necesita el corredor completo, la mecedora vacía, el calor de la tarde pegado a la pared? Si cabe en la cara, giro la cámara. Si necesita el lugar, la dejo acostada. No hay una tercera opción, pero tampoco hay una regla que sirva siempre para todas las sesiones. Hay una pregunta, y toca hacérsela cada sábado, con cada persona distinta que se sienta ahí.

Ya sin hielo, el vaso de agua de panela gotea sobre la mesa de la tía para cuando reviso las fotos en la pantalla grande. Ahí es cuando se nota cuál encuadre funcionó de verdad y cuál solo se veía bien en la pantallita de la cámara bajo el sol. La próxima vez que dude entre vertical y horizontal, no voy a pensar en cómo se ve en el feed de la pyme. Voy a pensar en cuánto del corredor necesita entrar para que se entienda quién es la persona que posó ahí esa tarde. Si a ti también se te va la mano hacia el vertical por costumbre, prueba a hacerte la misma pregunta antes de disparar.